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«Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay OTRAS HISTORIAS”

Muchas historias se tejen detrás de cada palabra, acto, experiencia, sentir y sobre todo, detrás de cada triunfo o derrota que escuchamos o leemos.

Cuando hablamos de abrir paso hacia una pedagogía feminista, hacemos referencia, principalmente, a la necesidad de generar espacios donde sean escuchadas y contadas, en base al respeto, las historias de cada individuo, visibilizando los procesos vividos en torno a los caminos elegidos o circunstancias presentadas, sin obviar o dejar en el imaginario la serie de sucesos previos ocurridos para llegar al punto de transformación, representado en la ganancia o fracaso del hecho.

Acercarnos a una pedagogía feminista real, implica mucho más que reproducir discursos respecto a las desigualdades, desidia y cosificación que hemos enfrentado las mujeres por siglos. Es también, y por, sobre todo, lograr una revolución personal, que nos permita cuestionar a fondo y de forma consciente la manera en que «decidimos» vivir nuestras vidas.

Una pedagogía feminista, si bien es cierto reconoce los espacios educativos como centros primordiales de transformación y en consecuencia de revolución, promueve, por sobre todo, que  los diversos lugares de participación colectiva (centros de salud, recreación, estudio, etc) sean capaces de reflexionar frente al comportamiento patriarcal implícito que carga la sociedad en su conjunto, sumado a ello, la importancia de cuestionar cada vez más nuestras propias conductas en el ámbito de lo privado.

Paulo Freire años después de haber conmovido el mundo educativo a través del análisis y reflexión de las ideas planteadas en su primer libro “La educación como práctica de la libertad” dejaba entrever con énfasis la posibilidad de que los procesos educativos eran el camino para lograr el cambio social profundo que tanto necesitaba la sociedad, llegó a la conclusión de que esa propuesta resultaba idealista, exponiendo resabios iluministas ante el enfoque de que sólo en éste plano se podrían realizar los cambios revolucionarios necesarios para asegurar una auténtica practica de libertad.

A partir de esa reflexión autocrítica, el autor fue ampliando su propuesta y por eso, tal vez, su libro más significativo no fue aquel primero, sino Pedagogía del Oprimido. Resultó sorprendente para muchos de sus seguidores que 25 años después de editada Pedagogía del Oprimido, Freire la releyera autocríticamente en su libro Pedagogía de la Esperanza.

Uno de los temas que pudo revisar, precisamente en los últimos años de su vida, era lo que subyacía de machismo en su concepción de la lucha emancipatoria de los oprimidos. Criticar una y otra vez las propias creencias y patrones parece ser el único camino para que nuestras ideas y nociones del mundo puedan ser vitales, fértiles y por sobre todo transformadoras.

Es en este escenario que se hace necesario visibilizar la construcción e interpretaciones que, sobre estos temas, elaboran las mujeres. De ahí que para Gilligan, en la investigación de la vida de los adultos, resulta imprescindible conocer la experiencia directa de las mujeres (en Kropiewnicki & Shapiro, 2001), postergada e invisibilidad en cada uno de los contextos sociales a lo largo de la historia.

La educación chilena – su historia y presente- se encuentra marcada por la presencia y la labor de las mujeres. En el contexto actual el 73% de la dotación docente de nuestro sistema escolar está compuesto por mujeres y sólo un 27% son hombres.

Del total de docentes que ocupan cargos directivos, las educadoras y docentes corresponden al 62 %. Del mismo modo, solo 61% ocupan el cargo de directora, una proporción que dista de su influencia profesional en el sistema (fuente Cpeip 2020).

No obstante, resulta aún más curioso, el hecho de que, ante la alta cantidad de mujeres profesionales con vasta experiencia en el ámbito educativo, sólo un tercio de ellas, puedan optar a cargos directivos en educación superior, resultando que sólo 13 de cada 100 rectores sean mujeres, alejándonos de estándares como los de Suecia o Estados Unidos, donde este puesto lo ocupan ellas, en el 47% y 26% de los casos, respectivamente.

Más allá de los discursos y movimientos que han tomado fuerza durante la última década, en torno a la importancia del aumento de la participación de las mujeres en diversos cargos de índole, hasta ese entonces, avasallados por la presencia masculina, aún las mujeres, nos encontramos lejos de liderar nuevos espacios, encontrándonos además con la idea normalizada de tener que demostrar constantemente nuestras capacidades, para así, poder optar a la posibilidad de participación, situación contraria a la expuesta desde la vereda patriarcal.

Dicho lo anterior, al promover una pedagogía popular feminista recreamos las identidades colectivas, no como límites sino como puentes, no para quedar subordinadas desde ellas frente a la identidad hegemónica, sino como espacio de constitución de nuestras subjetividades, haciéndolas desafiantes del orden individualista organizado desde la dominación, haciendo de la crítica y de la autocrítica un método fundamental; porque sabe que las preguntas abren más caminos que las respuestas y porque no teme al vacío que pueda crear una pregunta sin respuesta porque, tal vez, en ese espacio puedan multiplicarse nuevos ensayos sociales y culturales que no reproduzcan o, incluso, que desafíen las reglas del poder.

“El análisis particular y el universal pueden encontrarse en un mismo proceso con la exploración de los sentidos y de los sentires. El saber académico dialoga con el saber popular. El intelectual del movimiento popular interactúa con el intelectual de la Academia. La curiosidad, es un motor tan importante como la necesidad y el deseo; a pesar de las modas intelectuales impuestas. ¿Se puede hablar de la caricia como parte de una metodología de investigación o de análisis? No tengo dudas de que el abrazo y la caricia, el reconocernos en una mirada, el sentirnos en una piel, producen posibilidades de “conocimiento” tanto o más fecundas que otras formas de estudio o de investigación.

En esta perspectiva, falible, posible de ser criticada y modificada una y otra vez, que no aspira a ser universal ni válida para todo tiempo y lugar, la propuesta de “pedagogía popular feminista” actúa no como un límite, sino como una apertura. Es una manera de nombrar una posición en la batalla cultural, que cuestiona al conjunto de relaciones de poder”.[1]

Jessica Ortega Palavecinos

Mamá – Feminista– Docente- Terapeuta Holística

Fundadora Educasiente

8 de marzo 2021 – Conmemoración día internacional de la Mujer


[1] “Hacia una pedagogía Feminista” Claudia Karol.

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